Y guardas sus recuerdos, sus sonrisas y su vida en un cajón, uno ancho y guardado de cosas bonitas, pero oscuro, uno pequeño que cubre esos muebles de las fotos carcomidos por un "no nada" y luz inexsistente, cogiendo polvo a sus sonrisas y no verlas, y no sentirte culpable.
De la boquilla del cigarro hasta el humillo que pasa al cajón, (que las fotos tosen, que las fotos viven, que se quejan).
Simplemente hacer que vivan en un cajón, para que al alzar la cabeza se vean recuerdos rotos que cortan, como cuando se rompe el espejo que te deja mala suerte y una realidad trastocada...
Y piensas en la parte bonita del espejo, en que si no te acercas no te cortas, y querer colgarlo por tu vida para que quede bonito con el ligero precio de tener que vivir con cuidado, con algo muerto o roto, algo apagado, algo que mata, algo, algo extraño.
Y sigues con el humo por el cuarto, para que no se vea nada, para que se perciba menos, para no ver los regalos, ropa, y libretas de otro o tuyas, para borrar todo el mundo creado de esas cuatro paredes con cristales rotos... con sonrisas en los cajones y problemas fuera de ellos.
Y la de la sonrisas en los cajones que vuelva a llorar, porque otro más decide que no son lo suficientemente comparables con los cristales rotos, otro más que pone sus recuerdos en la nada, otro más que la borra un cachito, otro más en una lista de muchos.
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