viernes, 11 de octubre de 2013

Tártaro, maldito Tártaro.

Y escribiendo, en este momento, donde hasta creo que soy Perséfone, ya que soy libre a horarios disciplinados sin revisión ni queja, firmados y sagrados.
Y vivo aquí, entre rejas, sitios oscuros, almas huecas, tristonas caras, habitaciones vacías de personas muertas, que vagan, que no paran, que no se están quietas como el tic tac del nuevo reloj digital de las Parcas, de todo eso y mucho más aquí debajo.
Que me quedé a comer y me comieron, entre tanto vino seco y vida marchita, quien no sale de aquí es porque ya ha cruzado el lago, o le han rajado, o, a su vez, que mal héroe es. Si te quedas es para llorar, para escuchar tristes historias de ti ahí arriba acompañada de muchos violines y una orquesta que llora más música que poesía que acompaña a una ligera vocecilla tan pequeña como perceptible que dice que estás aquí, que estás bien, y que eres feliz, cuando (yo) ya me siento más muerta que viva, más negra que gris, más marchita que lista.
Que entre todos esto está lleno, de sueños rotos y mitos mal hechos que dejan a la mitad de protagonistas fuera de escena con un mal revés, inesperado, impresionante, mal parados, mal, pues eso, como todas las almas muertas de aquí.
Solo hay cachitos de luz durante el día, gritos de lamento y alguno que otro de los castigados del otro lado, (o lloros, de las pobres mujeres que entre cántaro y cántaro se quejan y lloran). Pues como todos, que de ver la felicidad y meterla aquí debajo ya muchos dirían que esto en realidad es la caja de Pandora, que anda la otra también, donde nos a metido, arriba y abajo, que la curiosidad mató al gato o a la tonta de Pandora, o, fuera, como Euridice, que pudiendo estarlo se quedó abajo llorando, y sin remedio, (por el tonto de su marido, por sus ganas de matarla otra vez a besos).

Y, aquí sigo, escribiendo, nos veremos en primavera, o cuando venda mi alma al rey de aquí debajo, por dejarme estar ahí arriba.

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